¿Por qué valorar a la niñez en nuestros espacios de fe?

¿Por qué valorar a la niñez en nuestros espacios de fe?

Esta escena es muy escandalosa: Jesús toma un niño y lo pone al centro y le dice a toda una multitud: “de quienes son como ellos, es el Reino de los cielos”. Es escandalosa por su contexto, porque a los niños se los contaba con los animales y las mujeres. Básicamente, eran un objeto que cumplía cierta utilidad. Los adultos eran los importantes, los que valían y los dueños del protagonismo. Parecería que siglos después en muchos de nuestros contextos esto sigue sucediendo.

Podríamos pensar que no es así porque los tiempos han cambiado. Los niños y adolescentes tienen derechos ahora, pero me gustaría preguntarte lo siguiente: en tu comunidad de fe, ¿las voces de los niños, niñas y adolescentes son tomadas en cuenta para la planificación, temas enseñanza, eventos importantes? En tu iglesia, ¿la opinión de los niños importa de la misma manera que la de un adulto? Si tu respuesta es nos falta, no lo hacemos o por qué deberíamos hacerlo; te invito a mirar nuevamente lo que nos enseña Jesús.

Jesús nos dice que la clave de acceso a su reino está en la niñez. ¿Qué sabía el Hijo de Dios que nosotros hemos obviado por mucho tiempo? El Dr. José Miguel de Ángulo nos dice: “la sociedad androcéntrica tiene a producir lo que ya existe y la niñez puede jugar un rol increíble generando innovaciones y nuevas posibilidades”[1].

Llevados por la prisa y los modelos de crecimiento eclesiales, perdemos de vista lo más valioso que tenemos: la niñez. Quizás este es el modelo que hemos aprendido, pero el Reino de Dios siempre ha tenido opción por lo pequeño. ¿Qué es lo más pequeño y valioso que Dios no ha confiado en las comunidades de fe? Sí, aquellos de quienes es el Reino de los cielos.

Las comunidades de fe tienen el potencial de aportar a la visión de Dios, una vida en abundancia donde la niñez y adolescencia la alcanzan al conocer a Cristo, transforman sus vidas y se desarrollan espiritualmente.

Respondiendo la pregunta sobre por qué necesitamos valorar a la niñez dentro de nuestros espacios de fe y promover que alcancen su plenitud en todos los ámbitos, está comprobado que “cuando la niñez tiene oportunidades de participar activamente en proceso comunitarios donde se les respetan sus ideas y su voz desarrollan una gran capacidad para poder escuchar y respetar las ideas de otras personas y buscar interacciones sinérgicas entre las diferencias para construir nuevas posibilidades” (Ángulo, 2012).

Muchas de las comunidades de fe hacen un trabajo excepcional. Los maestros, catequistas y líderes juveniles están comprometidos con su crecimiento y enseñanza para que puedan profundizar su relación con Jesús, dando bases para que la Palabra de Dios sea sembrada, sin embargo, ¿cuántos de esos niños al convertirse en adolescentes permanecen en la iglesia? ¿qué sucede con todo el trabajo que se realizó?

Un estudio realizado por World Vision, al abordar este tema, les pregunto por qué dejan de asistir a la iglesia cuando son adolescentes; muchos respondieron que no se sienten escuchados y que desean una participación significativa.

Todo el esfuerzo que hacen las comunidades de fe, es maravilloso y ayuda a fomentar el crecimiento espiritual, pero ¿estamos en realidad ayudándoles a descubrir su valor? ¿Estamos fomentando una cultura eclesial dónde no sean invisibilizados y se convierten en objetos de entretenimiento para los adultos?

El Dr.José Miguel nos da un consejo: debemos aprender a identificar los patrones educativos y familiares sobre los que nos han criado para aprender a optar por romper patrones disfuncionales y valorar patrones de comportamiento que permitan inmersiones en la ternura. Creo que podemos seguir el ejemplo de esa ternura con la que Jesús puso al centro al niño, esa determinación con la que los defendió de la invisibilización.

Desde Iglesias con la niñez queremos animarte a pensar cómo puede abordar los siguientes puntos en tu comunidad de fe:

  1. Revelar el corazón de Dios para los niños: Generalmente vemos a los niños con nuestros propios ojos, pero debemos aprender a verlos con los ojos de Dios. Reconocer que cada uno de ellos está hecho a imagen y semejanza de Dios, con dones y talentos, creados con valor y dignidad desde que nacen.
  2. Descubrir el desarrollo espiritual de los niños: Los niños, en su diseño, tienen su propia forma de desarrollar su fe y crecer en su relación con Dios. Una forma es la participación significativa de los niños en las comunidades de fe.
  3. Involucrar a los niños significativamente en las comunidades de fe: Aquí la iglesia o comunidad religiosa puede evaluar como involucrar activamente a la niñez en la iglesia.
  4. Planificar intencionalmente la participación: Cuando la comunidad de descubre y mira la riqueza de la niñez, se convierte de manera intencional en la gestora de estos espacios, asegurando que sean escuchados, que sean protegidos y, siempre con la ternura de quienes los rodean, impulsados en su crecimiento y desarrollo personal.

Desarrollar una cultura toma tiempo, así como vencer los obstáculos y la resistencia, pero los resultados transcienden generaciones. Cuando valoramos a la niñez en nuestros espacios de fe, no solo aseguramos que crezcan amados en entornos seguros donde son respetados, sino que aseguramos que esa generación desarrollare fortalezas a lo largo de su vida adulta.


[1] José Miguel de Ángulo, Desarrollo y Salud: Vínculos Fundamentales, 2012 https://es.scribd.com/document/106311927/Presentacion-Jose-Miguel-Angulo-Desarrollo-potencial-de-la-ninez 

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